Lo que más he hecho en mi vida aparte de viajar, es llorar.
He llorado tanto, que alguna vieja amiga me decía que debía guardar mis lágrimas en una botella de cristal.
He llorado tanto, que cuando lloro aveces ya no siento nada. Es como hacer una mueca, como un trámite para comprender una sensación, que puede incomodar, o enternecer, o asustar, o simplemente, es una manera de enfrentar lo que me confunde.
He llorado en los salones de clase del edificio viejo de prepa, en los pasillos de la universidad; en las cenas de congresos, en muchas clases, sobre todo de matemáticas. Por una hora, aveces. O por dos. He llorado en París, en Oaxaca, en Hidalgo, sin dinero, ni llaves. He llorado con mi padre, en ese restaurante al que llegué una hora tarde un jueves; en el Sanborns de Plaza del Parque y en el Oxxo del Cimatario. He sentido que las lágrimas no son suficientes, y que solo la noche puede acabarlas. He llorado en mis cumpleaños, afuera del Indian Food de la Calle Elvira. Lloré con Let England Shake, aunque también, fue ese disco lo que contuvo mi llanto después de un mes agónico que terminó en mi huida a otro país. Lloré mucho con Daniela, Caro y Leila. Mis amigas sostuvieron una adolescencia que recuerdo con lagunas temporales y autos llenos de ropa.
Hace unos años decidí dejar de llorar, y ser solo observadora. Me endurecí. Casi dos años de mi vida sin lágrimas me acercaron a la peor versión que he tenido, y que nació para sobrevivir en un ambiente laboral violento. Lloré un par de veces en esa oficina, hasta que un día, volví a llorar… volví a llorar cuando decidí que no podía seguir ahí. Desde entonces, he vuelto a llorar, con una facilidad que incluso en la adolescencia no logré alcanzar. Un gesto, una palabra, el miedo de la agresión. El llanto escondido, contenido, silenciado.
Llorar, como muchas cosas en la vida, debería cumplir la ambigüedad de tener todas las posibilidades del espectro: llorar si tu equipo de fútbol gana el torneo, si te pegaste sin querer en la punta de la rodilla, si tu cantante favorita vuelve a cantar esa canción, si perdiste una amistad…
Hoy, llorar, me pesa, me cansa, me es indiferente. Me hunde en discursos que ya no me interesan porque pertenecen a vidas que ya no existen, y sin embargo, me rondan y toman, en los momentos donde cojeo.
Me gusta pensar que nada puede durar para siempre. Me gusta pensar que aún tengo el control de cambiarlo, y no de la manera evasiva en que lo intenté alguna vez. Me gusta pensar que puede ser diferente, porque lo he sido, sólo debo creerlo, moverme, moverme. Y recordar lo que canta Polly Jean una y otra vez: What if I take my problem to the United Nations?
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